A los pies del monte en donde el aire se vuelve espeso y sus miradas se arrastran con el tiempo, fue allí donde se recobró el sentido de la vida y donde se reencuentran dos extraños; un joven y un viejo que parecen ser familia.. La misma familia por que ambos pertenecen a la misma especie. Luego de esa tensión que pareció ser eterna volvieron al comedor frío e iluminado en donde estaban parados mirándose fijamente uno al otro. Sin habla, sin más que decir.
Sólo de fondo se escuchan las antiguas canciones de Lucho Barrios que tanto alegran a los octogenarios del salón, Valparaíso.
Esos sentimientos te embargan y hacen que te vuelvas suave y ligero respirando bocanadas de aire se elevaron todos aquellos que estaban absortos en la música y en sus mundos. Nadie se comunicaba. Todos estaban. Abandono, depresión, angustia, felicidad? Se entremezclan en este mundo lleno de habitantes solitarios que divagan entre el día y la noche. Y yo, prisionera de la realidad de una tarde quise escapar, pero mi responsabilidad pesó mucho más que mi ímpetu y no corrí para escapar. Si al final todos llegaremos a esa realidad ¿por qué huir? No hay nada que nos aleje del paso del tiempo...
Joven y viejo se encuentran, se miran. El viejo lo reconoce y el joven lo abraza, se fusionan sus edades.